domingo, marzo 06, 2011

El gran Hamam

Una semana en Oujda (Marruecos) y podría contar un montón de cosas, sin embargo, lo que sé que no voy a olvidar es el gran regalo del último día, el Hamam.

Después de una larga semana conociendo un nuevo lugar, sus costumbres, sus gentes y aprendiendo de personas con mucha más experiencia que yo...finalizamos nuestra experiencia buscando un poco de tranquilidad y alejándonos más si cabe de nuestra cultura en un Hamam.

El primer paso fue encontrarlo, mientras nosotras pensábamos que era algo "normal" la gente no lo conocía. Pero tras un largo paseo y parada en algunas tiendas, llegamos a un bajo caluroso y humilde donde dos maravillosas señoras nos abrieron las puertas de su territorio particular.

Y de verdad nos las abrieron, porque nos trataron como a dos princesas, quizás porque claramente yo parecía extranjera o quizás, porque nuestras sonrisas fue nuestra mejor carta de presentación.
Entrar en su mundo fue para nosotras tan especial que, a día de hoy, la experiencia me produce un sentimiento de ternura y de agradecimiento, que espero no olvidar.

Una vez nos presentamos, pagamos y nos asentamos, nuestras anfitrionas nos surtieron de todo lo necesario, un poquito de jabón y la puerta de entrada al mundo del mar femenino.

Al pasar la puerta, todos los pudores, vergüenzas o miedos quedaron atrás y sólo nos dedicamos a disfrutar cada cazo de agua sobre el cuerpo.

Un inmenso calor en la piel, el acompañamiento de una veintena de extrañas acogidas por un mar especial, sólo para nosotras, la sensación de estar descubriendo algo inolvidable, un sinfín de sensaciones.

Una de nuestras anfitrionas, tras un rato de baño con nuestros cazos y balde, llegó para limpiarnos la piel y convertirnos en unas preciosas sirenas. No fue especial sólo por la forma de hacerlo, sino también por el cariño, el saber hacer, la sonrisa en sus ojos y cada uno de sus movimientos. Ella no hablaba francés y nosotras no hablábamos árabe, pero tampoco lo necesitamos porque fue con sus miradas con lo que nos comunicamos.

Ahora, una semana después, vuelvo a pensar que hay sensaciones que no se pagan con dinero, recuerdos que no se borran con el tiempo y lugares escondidos que siempre merece la pena buscar.

besines mil